Les acerco un concepto esperanzador sobre el periodismo que escribió Ernesto Schoo y que se publicó ayer en La Gaceta Literaria.
Consejos para los jóvenes periodistas
Cuando se acaba de cumplir ochenta años y se llevan a cuestas cincuenta y cinco de profesión, es inevitable que nos pidan consejos para los jóvenes novicios. Una salvedad previa: los cambios tecnológicos -la computación, la informática, el correo electrónico- están conduciendo a cambios de comunicación y percepción tan radicales, tanto desde el punto de vista del emisor como del receptor, que acaso mis palabras resulten obsoletas. Creo, sin embargo, que algunas cosas no cambian: yo aconsejaría no perder nunca y cultivar siempre, enfáticamente, la curiosidad y el entusiasmo. Y, al margen de aquellas noticias que exigen una seca precisión en los datos, abordar siempre el texto como si se estuviera contando un cuento. Que es lo que el lector quiere, lo que todos queremos: que nos cuenten un cuento para entender el mundo y entendernos a nosotros mismos, y para saber que no estamos del todo solos y desamparados en el espacio cuyo silencio eterno espantaba a Pascal: que alguien nos acompaña y nos cuenta una historia antes de dormir.
lunes, 28 de julio de 2008
martes, 22 de julio de 2008
Crónica de una cobertura excitante
El día siguiente de la sesión del Senado que concluyó con el desempate del vicepresidente, Julio Cobos, se publicó en La Gaceta.com una crónica que me habían encargado acerca de cómo siguieron los periodistas de todo el país la maratónica jornada desde los salones Azul y de las Provincias. Aquí va.
Hace unas horas, cuando todavía era de noche, el Congreso fue lo más parecido a una Marmicoc. Los taxistas no llevaban a nadie hasta la zona. Allí, en la plaza, cientos de manifestantes oficialistas, con fuegos artificiales, pancartas y banderas, observaron la sesión por medio de pantallas gigantes y pasaron de la algarabía a la confusión, a la desolación y a la rabia, secuencia que a la inversa se vivió a cinco kilómetros de distancia en Palermo, donde ruralistas y opositores observaron el debate.
Las 18 horas y 50 minutos de discusión fueron seguidas por periodistas, por funcionarios y por personal del Senado en medio de una maraña de rumores y de idas y venidas. En el majestuoso palacio parlamentario muy pocas personas podían pasar al recinto y a los palcos. Inclusive, buena parte del personal de la Cámara Alta también tenía limitados los accesos. “Menem se va a la mierda. Dicen que está con mucha fiebre y no va a estar para la votación. Cagó la oposición”, vociferó un acreditado del Congreso a las 9 de la noche. Más tarde, finalmente, habló Carlos Saúl. A punto de comenzar su discurso, la aparición del dos veces ex presidente en las pantallas gigantes ubicadas en los salones Azul y De las Provincias provocó un ¡uuuuuuuhhhhhhhhh! de asombro generalizado, y algunas risas socarronas como las del cronista de CQC, Clemente Cancella. Después, durante toda la alocución, el silencio fue sepulcral.
“Aparecio Rached!”. Del recinto llegaban las noticias por SMS a los celulares. “llgó Sadi” (sic). Con ellos, el oficialismo sumaba 37 votos, y le ganaba a los 34 votos opositores, descontando la ausencia de Menem.
En el medio, llegaban de visita algunos funcionarios, como la diputada kirchnerista Diana Conti que, distendida y convencida de la victoria, fumaba un cigarrillo blanco y finito e intercambiaba bromas con sus asesores mientras concedía entrevistas. Afuera, sonaban bombas de estruendo y una multitud gritaba y cantaba en apoyo al Ejecutivo nacional.
Cerca de la medianoche la televisión tiró la bomba de que la votación estaría empatada en 36. “¿Qué pasó ahora?”, preguntó un movilero desesperado y hastiado a sus colegas, justo después de haber salido al aire diciendo que el oficialismo ganaba con 37 votos. “Rached se dio vuelta. Lo llamó Alfonsín. Y Menem ya sabemos que se queda. Están en parda”, le respondieron, en lenguaje truquero.
Revuelo. Quedaba todavía casi una decena de oradores. El calor iba en ascenso en la Plaza de los dos Congresos. Adentro, también. Hablaron la ultraopositora Chiche Duhalde y el ultrakirchnerista Nicolás Fernádez. Los cronistas tomaban nota y un enviado infiltrado de Guillermo Moreno exclamaba frente a las pantallas gigantes: “senadores, respeten la democracia”. Un muchacho vestido con un ambo negro repartía entre los periodistas una publicación oficialista: “Revista Ka”.
Las ojeras eran cada vez más grandes. Los techos eran altos, pero el humo del cigarrillo igualmente logró imponerse en el ambiente. Habló Sanz. Habla Pichetto. La definición está al caer.
Otro ¡uuuuuuuhhhhhhhhh! generalizado y risas, cuando apareció el 36 a 36 en la pizarra electrónica. Afuera el bullicio era ensordecedor y las banderas y las pancartas estaban cada vez más altas. “Por nuestros hijos, por nuestra patria, ni un paso atrás”, decía una que pertenecía a Madres de Plaza de Mayo.
Cobos tomó el micrófono. Lo acomodó 100.000 veces. Lo constriñó, lo dobló, lo movió. Era su más próxima e inmediata descarga. “No me gustaría ser el micrófono del vicepresidente en estos momentos”, decía una movilera, entre nerviosas risas. Muchos temblaban. Otros se comían las uñas o se revolvían el pelo o no paraban de fumar. “Mi voto no es positivo”. Final de la sesión. Todos, afuera. Militantes K intentaban derribar las vallas. Se rearma el cordón policial. Los senadores y Cobos se retiraban por la puerta de atrás. Caían piedras. Todos, adentro, de vuelta. Se rompieron algunos vidrios del edificio del Senado. Después, las banderas y las pancartas desaparecieron. La multitud se desconcentró. La calma volvió al lugar. Pero la tensión continúa.
Hace unas horas, cuando todavía era de noche, el Congreso fue lo más parecido a una Marmicoc. Los taxistas no llevaban a nadie hasta la zona. Allí, en la plaza, cientos de manifestantes oficialistas, con fuegos artificiales, pancartas y banderas, observaron la sesión por medio de pantallas gigantes y pasaron de la algarabía a la confusión, a la desolación y a la rabia, secuencia que a la inversa se vivió a cinco kilómetros de distancia en Palermo, donde ruralistas y opositores observaron el debate.
Las 18 horas y 50 minutos de discusión fueron seguidas por periodistas, por funcionarios y por personal del Senado en medio de una maraña de rumores y de idas y venidas. En el majestuoso palacio parlamentario muy pocas personas podían pasar al recinto y a los palcos. Inclusive, buena parte del personal de la Cámara Alta también tenía limitados los accesos. “Menem se va a la mierda. Dicen que está con mucha fiebre y no va a estar para la votación. Cagó la oposición”, vociferó un acreditado del Congreso a las 9 de la noche. Más tarde, finalmente, habló Carlos Saúl. A punto de comenzar su discurso, la aparición del dos veces ex presidente en las pantallas gigantes ubicadas en los salones Azul y De las Provincias provocó un ¡uuuuuuuhhhhhhhhh! de asombro generalizado, y algunas risas socarronas como las del cronista de CQC, Clemente Cancella. Después, durante toda la alocución, el silencio fue sepulcral.
“Aparecio Rached!”. Del recinto llegaban las noticias por SMS a los celulares. “llgó Sadi” (sic). Con ellos, el oficialismo sumaba 37 votos, y le ganaba a los 34 votos opositores, descontando la ausencia de Menem.
En el medio, llegaban de visita algunos funcionarios, como la diputada kirchnerista Diana Conti que, distendida y convencida de la victoria, fumaba un cigarrillo blanco y finito e intercambiaba bromas con sus asesores mientras concedía entrevistas. Afuera, sonaban bombas de estruendo y una multitud gritaba y cantaba en apoyo al Ejecutivo nacional.
Cerca de la medianoche la televisión tiró la bomba de que la votación estaría empatada en 36. “¿Qué pasó ahora?”, preguntó un movilero desesperado y hastiado a sus colegas, justo después de haber salido al aire diciendo que el oficialismo ganaba con 37 votos. “Rached se dio vuelta. Lo llamó Alfonsín. Y Menem ya sabemos que se queda. Están en parda”, le respondieron, en lenguaje truquero.
Revuelo. Quedaba todavía casi una decena de oradores. El calor iba en ascenso en la Plaza de los dos Congresos. Adentro, también. Hablaron la ultraopositora Chiche Duhalde y el ultrakirchnerista Nicolás Fernádez. Los cronistas tomaban nota y un enviado infiltrado de Guillermo Moreno exclamaba frente a las pantallas gigantes: “senadores, respeten la democracia”. Un muchacho vestido con un ambo negro repartía entre los periodistas una publicación oficialista: “Revista Ka”.
Las ojeras eran cada vez más grandes. Los techos eran altos, pero el humo del cigarrillo igualmente logró imponerse en el ambiente. Habló Sanz. Habla Pichetto. La definición está al caer.
Otro ¡uuuuuuuhhhhhhhhh! generalizado y risas, cuando apareció el 36 a 36 en la pizarra electrónica. Afuera el bullicio era ensordecedor y las banderas y las pancartas estaban cada vez más altas. “Por nuestros hijos, por nuestra patria, ni un paso atrás”, decía una que pertenecía a Madres de Plaza de Mayo.
Cobos tomó el micrófono. Lo acomodó 100.000 veces. Lo constriñó, lo dobló, lo movió. Era su más próxima e inmediata descarga. “No me gustaría ser el micrófono del vicepresidente en estos momentos”, decía una movilera, entre nerviosas risas. Muchos temblaban. Otros se comían las uñas o se revolvían el pelo o no paraban de fumar. “Mi voto no es positivo”. Final de la sesión. Todos, afuera. Militantes K intentaban derribar las vallas. Se rearma el cordón policial. Los senadores y Cobos se retiraban por la puerta de atrás. Caían piedras. Todos, adentro, de vuelta. Se rompieron algunos vidrios del edificio del Senado. Después, las banderas y las pancartas desaparecieron. La multitud se desconcentró. La calma volvió al lugar. Pero la tensión continúa.
lunes, 21 de julio de 2008
El que esté libre de pecados…
El silencio proverbial del inicio de un viaje largo y nocturno en colectivo hasta Buenos Aires se interrumpió ni bien pasaron diez minutos desde la partida de la terminal de ómnibus de Tucumán. ¡Pum! ¡Crrrrrrasshhh! Murmuros. Un pasajero que estaba sentado en un asiento del medio del colectivo se levanta ileso pero aturdido, absorto. Desde la banquina alguien había arrojado un cascote de ripio, que impactó y destruyó una de las ventanas del vehículo.
Los azafatos no habían tenido tiempo de pedirnos a los clientes que cubriéramos las ventanas con las cortinas para evitar este tipo de siniestros. Siempre lo hacen. En cada viaje. Pero esta vez ocurrió de antemano. A mí es la primera vez que me pasaba.
Después del incidente, el colectivo nunca se detuvo hasta que llegamos a la base logística de la empresa de viajes. Allí unos operarios terminaron de destruir en pedazos lo que quedaba del ventanal, dejando perfectamente libre el rectángulo para empotrar otro vidrio. La enmienda demoró unos 35 minutos.
Me decía Santiago, mi colega con quien viajé por una cobertura para La Gaceta, que probablemente se trató de asaltantes en un intento de robo. No sé. Tal vez el propósito haya sido sencillamente el de hacer daño. Lo cierto es que no sólo fue un gran susto tener que esperar, sino un padecimiento.
Igualmente, el mayor garrón fue lo que tuvimos que ver en la tele: “El increíble cuerpo humano”, un documental de la National Geographic. Realmente hubiera preferido un policial yanqui de los 80, barato y predecible. Me calcé los auriculares y me dispuse a escuchar música española para pasar el mal trago. Contamíname, pero no con el humo que asfixia el aire. Ven, pero sí con tus ojos y con tus bailes…
Los azafatos no habían tenido tiempo de pedirnos a los clientes que cubriéramos las ventanas con las cortinas para evitar este tipo de siniestros. Siempre lo hacen. En cada viaje. Pero esta vez ocurrió de antemano. A mí es la primera vez que me pasaba.
Después del incidente, el colectivo nunca se detuvo hasta que llegamos a la base logística de la empresa de viajes. Allí unos operarios terminaron de destruir en pedazos lo que quedaba del ventanal, dejando perfectamente libre el rectángulo para empotrar otro vidrio. La enmienda demoró unos 35 minutos.
Me decía Santiago, mi colega con quien viajé por una cobertura para La Gaceta, que probablemente se trató de asaltantes en un intento de robo. No sé. Tal vez el propósito haya sido sencillamente el de hacer daño. Lo cierto es que no sólo fue un gran susto tener que esperar, sino un padecimiento.
Igualmente, el mayor garrón fue lo que tuvimos que ver en la tele: “El increíble cuerpo humano”, un documental de la National Geographic. Realmente hubiera preferido un policial yanqui de los 80, barato y predecible. Me calcé los auriculares y me dispuse a escuchar música española para pasar el mal trago. Contamíname, pero no con el humo que asfixia el aire. Ven, pero sí con tus ojos y con tus bailes…
sábado, 12 de julio de 2008
Reflexión de Josep Pla sobre el orden
En “El cuaderno gris” figura otra definición del escritor catalán Josep Pla que me ha resultado particularmente acertada. Se la leí hace unos días a mi amiga Maby Sosa para justificar el pintoresco orden de su departamento, en el que estoy alojándome durante estos días hasta que me entreguen el mío. En la casa, la presencia de mi madre es visible por todas partes. Sospecho que si pudiera ordenaría hasta los sentimientos (...) El orden tiene esto de malo: paraliza, admira, invita a no tocar nada. Invita a dejarlo todo para mañana. Dejar una cosa para mañana es dejarla para siempre.
miércoles, 9 de julio de 2008
Diálogo por celular
Un hombre camina por la vereda de Bonafide, en San Martín al 600, mientras habla por celular, aparentemente, con su mujer:
- No, mi amor, voy a llegar a la casa enseguidita nomás. Hoy quiero verlo a Tinelli ya bañadito, limpito... tranquilo. Y no quiero que nadie me hinche las pelotas.
- No, mi amor, voy a llegar a la casa enseguidita nomás. Hoy quiero verlo a Tinelli ya bañadito, limpito... tranquilo. Y no quiero que nadie me hinche las pelotas.
viernes, 4 de julio de 2008
Publicidad exagerada

¿Por qué el mega evento del siglo? ¿Una exposición jurásica y otra de animales constituyen el gran acontecimiento del siglo? ¿De cuál siglo? ¿No bastan los ejemplares que hay en el Lillo? ¿Dinosaurios reales? ¿No se habían extinguido hace miles de años ya? ¿Por qué ese afán por la pedantería en las publicidades? ¿Por qué no aprovechan semejante afiche para atraer al público de otra forma? Ya fui al Lillo y a varios zoológicos y vi las Jurasic Park, y no sé. Difícilmente otra muestra me resulte más atractiva que lo que ya vi. Encima, la entrada cuesta 10 pesos.
martes, 1 de julio de 2008
Reprimendas de madres a hijos en España
* Viaje en colectivo desde la ciudad hasta las sierras madrileñas:
Niña (de unos seis años): Anda, dámelo un segundo.
Madre: ¡No, porque tú pierdes todo lo que te dan!
Niña: Si te lo pierdo, te compro uno nuevo con mi paga.
Madre: No, he dicho. Y estate quietecilla, ¿eh?
* Niño de unos tres corriendo en la vereda de la avenida principal de Granada:
Madre: ¡Enrique, Enrique, ven aquí!
(El niño siguió corriendo sin hacer caso)
Madre: ¡Parece que este niño no tiene pai ni mai!
* A la salida del zoológico de Casa de Campo, en Madrid:
Niño (con cara de conpungido): Perdona...
Madre: Perdona, perdona... ¡Carlos Perdona te voy a empezar a llamar, porque es lo único que te oigo decir todo el tiempo!
Niña (de unos seis años): Anda, dámelo un segundo.
Madre: ¡No, porque tú pierdes todo lo que te dan!
Niña: Si te lo pierdo, te compro uno nuevo con mi paga.
Madre: No, he dicho. Y estate quietecilla, ¿eh?
* Niño de unos tres corriendo en la vereda de la avenida principal de Granada:
Madre: ¡Enrique, Enrique, ven aquí!
(El niño siguió corriendo sin hacer caso)
Madre: ¡Parece que este niño no tiene pai ni mai!
* A la salida del zoológico de Casa de Campo, en Madrid:
Niño (con cara de conpungido): Perdona...
Madre: Perdona, perdona... ¡Carlos Perdona te voy a empezar a llamar, porque es lo único que te oigo decir todo el tiempo!
martes, 24 de junio de 2008
La universalidad de Piazzolla y los íconos argentinos

Sorprendido, detuve unos instantes mi caminata por las ruinas romanas para escuchar el bandoneón que tocaba un músico callejero. El artista interpretaba Libertango, de Astor Piazzolla. Melodía bella, nostálgica, apasionada, neurótica, como el propio Piazzolla definió alguna vez a su música. Mi bandoneón es como tener una mujer en los brazos. Lo acaricio, le pego. La excitación rítmica me lleva a eso. Un músico no es un empleado solemne, sentenció una vez, durante una entrevista que le hacía el recientemente fallecido Bernardo Neustadt. Escuchar Libertango tan lejos de casa me puso la piel de gallina. El escenario no guardaba ninguna relación con la canción, pero igualmente me estremecí. Y pensé, además, en el alcance internacional que logró uno de los más famosos compositores argentinos de tango. Piazzolla, junto a Mafalda (en Holanda vi a la venta la colección completa de las tiras de Quino, y muñequitos de ella y de los principales personajes), al Diego y a Mercedes Sosa (en La Alhambra, Granada, una mujer con la que intercambié un breve diálogo se animó a entonar un par de estrofas de Canción con todos) son definitivamente los principales íconos argentinos en el mundo. A ellos se les suman algunos contemporáneos, tales como Lionel Messi, aunque su trascendencia aún es un misterio.
martes, 17 de junio de 2008
El pedaleo masivo

Una de las cosas que me llaman la atención en Europa es que en varias ciudades el uso de la bici es multitudinario. Es ecológico, económico y práctico. Por ejemplo, en Berlín, donde estuve este fin de semana, y en Barcelona, donde el ayuntamiento puso en marcha un sistema que se llama bicing. Se trata de bicicletas públicas que pueden ser utilizadas por cualquiera. Se debe pasar una tarjeta (no es cara; son 24 euros al año) por el detector que está ubicado en las estructuras de hierro en las que se estacionan las bicis; se toma la bici indicada y se la puede devolver en cualquiera de los cientos de estacionamientos distribuidos por toda la ciudad. ¿Funcionaría un sistema así en San Miguel de Tucumán? Pregunto no sólo por los afanos (en Barcelona también se las roban) si no también por las características de la ciudad. Yo creo que no. O que, por lo menos, sería muy complicado.
sábado, 7 de junio de 2008
Definición de lactancia, según Josep Pla
Estoy leyendo "El cuaderno gris", la obra insigne del más célebre escritor catalán de todos los tiempos, Josep Pla. Allí encontré un concepto sobre la primera infancia, la de los primeros meses, que me pareció maravilloso. Aquí va: sospecho que la época de los pañales es la más feliz de la existencia terrenal. ¡Qué tiempo de maravilla! Esos sueños tan largos, esos almohadones tan blandos, esas deliciosas madrugadas y esos líquidos suculentos y delicados ¡no se deberían sorber de pasada! ¡Vivir en un mundo en que, esencialmente, sólo se tiene hambre y ver que todo el mundo se esfuerza por saciárosla, tiene que ser un deslumbramiento contínuo, una fascionación beatífica! ¿Os lo imagináis? Es muy cierto lo que digo, que el abrigo de la infancia crea, con los años, por contraste, la sensación de intemperie y de inseguridad. La vida se convierte en una nostalgia de la dulzura perdida, de la felicidad robada. Pero, de aquella época de placeres tranquilos y de bienestar vegetal, me ha sido siempre imposible retener cualquier recuerdo preciso y concreto... Eso debe aumentar probablemente el encanto de la época de lactancia como paraíso perdido -como paraíso terrenal-.
lunes, 2 de junio de 2008
Del jacuzzi y el autobombo
La semana pasada estuve en Madrid; en el Santiago Bernabéu. El estadio parece dibujado en correspondencia con la envergadura del club: el Real Madrid. Las gradas, que soportan la visita de hasta 85.000 personas, están pintadas de azul y blanco; el césped está muy bien conservado y el interior es impecable y moderno: hay una exposición de trofeos; una sala de prensa para casi un centenar de periodistas; una tienda (obviamente) con todo el merchandising merengue a la venta, y, justo para esta época, un homenaje temporario y exclusivo a la "saeta rubia", Alfredo Di Stéfano, una deidad de los madridistas. El recorrido está bien pensado; es agradable. Hasta te permiten sentarte en los bancos de suplentes. Completito. Pero me parece que se les escapó la tortuga (Diego Armando Maradona, Buenos Aires, 1997) con que los vestuarios tengan jacuzzi. ¡Sí! ¡Jacuzzi! En el local y en el visitante. También, que durante el recorrido uno se tope cada dos por tres con carteles en los que se lee: "El mejor club de la historia". ¿Quién le dio tal título? ¿O qué les hará pensar, con tan fuerte convicción, que es el Real Madrid y no otro? ¿Sólo la cantidad de copas ganadas le dan automáticamente a un equipo la corona del mejor de la historia?
Nada de BigMac, ni de Cajita Feliz, ni las pelotas
Amigos, una de las más gratas situaciones que viví durante este periplo por el Viejo Continente ocurrió en Sevilla, donde comí "montaítos". Estos son como sanguchitos en pan francés -o mignoncitos, tal vez- con salmón, con jamón, con papas, realmente muy ricos. Además, me atendieron rápido; la ración de seis montaítos me dejó más que satisfecho y pagué sólo siete euros, con bebida incluida. Digo sólo siete euros porque comer afuera sale más bien carito en Europa. La cadena de restaurantes es muy conocida en España: hay 115 locales. Se llama "Cervecería 100 Montaditos".
lunes, 19 de mayo de 2008
Reflexión sobre el conflicto con el campo
Alperovich lo explicó sin tapujos: la Nación necesita sacarle plata al campo para pagar la deuda externa. Hay U$S 9.000 millones de vencimientos este año; a U$S 4.000 millones los sacará refinanciando la deuda con la Anses y con las AFJP. ¿Cómo paga los otros U$S 5.000 millones, si no hay crédito? Con el superávit, que es lo que ingresa menos lo que se gasta; y parte de ese superávit está dado por la retención a la soja. Así de clarito había expuesto el gobernador el 26 de marzo, en pleno paro agropecuario, un día después de que los sojeros tucumanos lo criticaron por haberse puesto del lado de la administración central y de espaldas al sector productivo. Siete semanas han pasado desde aquellas declaraciones sin que Cristina de Kirchner ni sus funcionarios hayan detallado las verdaderas razones de la última suba de las retenciones (en el caso de la soja alcanzan el 44,1%) y del esquema de movilidad, que establece que este impuesto subirá o bajará de acuerdo con la variación de los precios internacionales de cada cereal.
Que sirven para distribuir la riqueza. Primera mentira. El país crece gracias a la demanda internacional de commodities que la Argentina produce y al tipo de cambio que permite un extraordinario ingreso de capitales por todas las vías. Pero la matriz distributiva sigue siendo la misma que la de los 90: el derrame. Y, en este sentido, está claro que las retenciones propician una mayor concentración de la riqueza en pocos actores. Más genuino sería expropiar tierras y distribuirlas entre los que menos tienen; y dejar de subsidiar a las grandes corporaciones alimenticias con el dinero de los pequeños productores. ¿Por qué no al revés: aplicarles retenciones a estas y subsidiar a los agricultores para que produzcan más?
Que son necesarias para frenar la inflación. Segunda mentira. Las retenciones se aplican desde 2002, cuando se salió del 1 a 1, y el Estado nacional requería urgentemente fondos para sanear las finanzas públicas, en medio de la peor crisis económica que haya sufrido el país. Desde entonces, la economía ha crecido más del 45% y los precios alconsumidor han aumentado más del 150% (siempre según el Indec). La gente siente que cada vez le alcanza menos la plata.
El primer problema en este conflicto nacional -y en muchos otros más, sin dudas-, es que este Gobierno no transparenta sus propósitos y traslada asuntos públicos de cualquier índole al plano político. Resulta incomprensible que la Presidenta (¿o Néstor Kirchner?) haya llevado al extremo la pelea con el campo, inclusive a costas de una pronta e inesperada caída de su consideración en la sociedad (ganó la Presidencia con el 44% de los votos y hoy, faltándole tres años de mandato, su imagen positiva alcanza con suerte el 30%), cuando podía haberlo solucionado mucho antes. Bastaba con explicarles a las entidades ruralistas la necesidad de caja y ofrecerles una propuesta para bajar la alícuota de las retenciones, o bien, modificar el esquema de movilidad. Esa es la madre del borrego, aunque también -hay que decirlo- fue la gota que rebasó el vaso en medio de una ausencia total de política agropecuaria. En verdad, la única política agropecuaria de este Gobierno y de su falso modelo productivo consiste en sacarle dinero al campo para sostener el superávit. Y los que más pierden son los pequeños productores. Para los grandes son apenas rasguños. A esta altura, no se entiende cómo sigue en funciones el secretario de Agricultura, Javier de Urquiza.
Mientras la administración central busca enceguecidamente más dinero, crece la deuda externa y aumenta el gasto público improductivo; y no sería descabellado pensar que también se incrementa la pobreza, si se tiene en cuenta la suba del valor de la canasta básica. Además, el país pierde terreno en la carrera internacional de los países emergentes por propiciar la radicación de inversiones de peso que, en definitiva, constituyen, al menos en el caso argentino, la solución ideal para la suba del costo de vida y para la crisis energética (otro grave problema). En efecto, según un informe de la Comisión Económica para América Latina yel Caribe (Cepal), la inversión extranjera directa alcanzó el año pasado un récord de 106.000 millones de dólares en América Latina y el Caribe, pero la Argentina no figuró entre los más elegidos, con 5.720 millones de dólares. Durante 2007, los países preferidos por los inversores fueron Brasil (con 34.585 millones de dólares), seguido por México (23.230 millones), Chile(14.457 millones) y Colombia (9.028 millones).
El Gobierno nacional siempre tuvo la llave para solucionar el conflicto con el campo. Pero optó por dilatarlo absurdamente, mientras la economía entró en una desmejora, producto, en buena parte, de la incertidumbre que se extendió durante estos días. Eso sí: apura el proyecto de construcción del tren bala, que seguramente ubicará al país en la cresta internacional de la modernidad.
Que sirven para distribuir la riqueza. Primera mentira. El país crece gracias a la demanda internacional de commodities que la Argentina produce y al tipo de cambio que permite un extraordinario ingreso de capitales por todas las vías. Pero la matriz distributiva sigue siendo la misma que la de los 90: el derrame. Y, en este sentido, está claro que las retenciones propician una mayor concentración de la riqueza en pocos actores. Más genuino sería expropiar tierras y distribuirlas entre los que menos tienen; y dejar de subsidiar a las grandes corporaciones alimenticias con el dinero de los pequeños productores. ¿Por qué no al revés: aplicarles retenciones a estas y subsidiar a los agricultores para que produzcan más?
Que son necesarias para frenar la inflación. Segunda mentira. Las retenciones se aplican desde 2002, cuando se salió del 1 a 1, y el Estado nacional requería urgentemente fondos para sanear las finanzas públicas, en medio de la peor crisis económica que haya sufrido el país. Desde entonces, la economía ha crecido más del 45% y los precios alconsumidor han aumentado más del 150% (siempre según el Indec). La gente siente que cada vez le alcanza menos la plata.
El primer problema en este conflicto nacional -y en muchos otros más, sin dudas-, es que este Gobierno no transparenta sus propósitos y traslada asuntos públicos de cualquier índole al plano político. Resulta incomprensible que la Presidenta (¿o Néstor Kirchner?) haya llevado al extremo la pelea con el campo, inclusive a costas de una pronta e inesperada caída de su consideración en la sociedad (ganó la Presidencia con el 44% de los votos y hoy, faltándole tres años de mandato, su imagen positiva alcanza con suerte el 30%), cuando podía haberlo solucionado mucho antes. Bastaba con explicarles a las entidades ruralistas la necesidad de caja y ofrecerles una propuesta para bajar la alícuota de las retenciones, o bien, modificar el esquema de movilidad. Esa es la madre del borrego, aunque también -hay que decirlo- fue la gota que rebasó el vaso en medio de una ausencia total de política agropecuaria. En verdad, la única política agropecuaria de este Gobierno y de su falso modelo productivo consiste en sacarle dinero al campo para sostener el superávit. Y los que más pierden son los pequeños productores. Para los grandes son apenas rasguños. A esta altura, no se entiende cómo sigue en funciones el secretario de Agricultura, Javier de Urquiza.
Mientras la administración central busca enceguecidamente más dinero, crece la deuda externa y aumenta el gasto público improductivo; y no sería descabellado pensar que también se incrementa la pobreza, si se tiene en cuenta la suba del valor de la canasta básica. Además, el país pierde terreno en la carrera internacional de los países emergentes por propiciar la radicación de inversiones de peso que, en definitiva, constituyen, al menos en el caso argentino, la solución ideal para la suba del costo de vida y para la crisis energética (otro grave problema). En efecto, según un informe de la Comisión Económica para América Latina yel Caribe (Cepal), la inversión extranjera directa alcanzó el año pasado un récord de 106.000 millones de dólares en América Latina y el Caribe, pero la Argentina no figuró entre los más elegidos, con 5.720 millones de dólares. Durante 2007, los países preferidos por los inversores fueron Brasil (con 34.585 millones de dólares), seguido por México (23.230 millones), Chile(14.457 millones) y Colombia (9.028 millones).
El Gobierno nacional siempre tuvo la llave para solucionar el conflicto con el campo. Pero optó por dilatarlo absurdamente, mientras la economía entró en una desmejora, producto, en buena parte, de la incertidumbre que se extendió durante estos días. Eso sí: apura el proyecto de construcción del tren bala, que seguramente ubicará al país en la cresta internacional de la modernidad.
miércoles, 14 de mayo de 2008
Sabor a nada
Anoche fui a cenar a Setimio, un wine bar ubicado frente a la plaza Urquiza de esta ciudad. Los martes son días especiales: hay sushi. La única que vez que degusté esos bocaditos orientales de pescado crudo, de arroz y de otras yerbas fue el año pasado, cuando mi amiga Martina Delacroix gentilmente había planificado un selecto convite en ocasión del estreno de un departamento que acababa de alquilar. Ahora tenía ganas de comparar los que había cocinado Martina con los del chef de Setimio, uno de los poquísimos comercios en Tucumán donde se puede comer sushi. El lunes había ido a hacer las reservas, porque el lugar es chico y necesitan saber cuántos son para poder estimar la cantidad de comida a preparar, según me comentaron. Hecha la reserva, llegué a la vinoteca ayer cerca de las 23, después de una jornada laboral agitada. Subí por las escaleras. Había pedido una mesa en el primer piso. La cristalería de los vasos y de las botellas se combinaba armoniosamente con la madera de los muebles y de algunos elegantes cachivaches relacionados con la vinería y con la gastronomía en general. Buen gusto. Buena música. No era el chill out barato que está en boga en los lugares top. No sé qué era, pero agradaba. Se dejaba escuchar. El salón no estaba lleno. Eso también era bueno. Los otros tres comensales (mi hermana, su novio y mi compañera) me esperaban sentados. Después de una breve charla introductoria, nos pusimos a hojear la carta. Decidimos qué pedir. Llamé al mozo:
- ¿Qué tal? Queremos dos porciones de sushi surtid…
- No, no hay sushi.
- ¿Cómo que no hay sushi?
- Es que se acabó.
- ¿Cómo que se acabó? Yo hice las reservas ayer para cuatro person...
- Sí, pero usted reservó la mesa, no el sushi.
Respuesta inverosímil. Inadmisible. Pero respetuosa, eso sí.
23.30. Era tarde. No convenía salir a buscar otro restaurante. Volvimos a revisar la carta. Esta vez, el mismo mozo nos acercó atentamente, hay que decirlo, unos bocaditos que habían quedado. “Para que no se queden con las ganas”, nos dijo. ¡Pero no era sushi! ¡Era comida china! Y para nada buena, por cierto. Eran como empanaditas con apenas un golpe de horno, como crudas, rellenas de atún. Gusto a nada.
Pedimos pasta. Veintidós pesos un platito de sorrentinos de morondanga, con gusto a… ¡nada! Lo único rico de la noche fue el Latitud 33 Cabernet Sauvignon, al que por suerte lo hacen en Bodegas Chandón, y no en Setimio.
Cuando terminamos de cenar, habiendo tratado de pasarla bien a pesar de la saga de chascos, se acercó el chef del sushi, el que cocina todos los martes, y nos ofreció sus más sinceras disculpas. “Ojalá vuelvan pronto para que puedan ser compensados”, nos dijo, con un acento educado y con una sonrisa amable, pacífica. Después, se fue a saludar en otras mesas.
Demasiado glamour.
- ¿Qué tal? Queremos dos porciones de sushi surtid…
- No, no hay sushi.
- ¿Cómo que no hay sushi?
- Es que se acabó.
- ¿Cómo que se acabó? Yo hice las reservas ayer para cuatro person...
- Sí, pero usted reservó la mesa, no el sushi.
Respuesta inverosímil. Inadmisible. Pero respetuosa, eso sí.
23.30. Era tarde. No convenía salir a buscar otro restaurante. Volvimos a revisar la carta. Esta vez, el mismo mozo nos acercó atentamente, hay que decirlo, unos bocaditos que habían quedado. “Para que no se queden con las ganas”, nos dijo. ¡Pero no era sushi! ¡Era comida china! Y para nada buena, por cierto. Eran como empanaditas con apenas un golpe de horno, como crudas, rellenas de atún. Gusto a nada.
Pedimos pasta. Veintidós pesos un platito de sorrentinos de morondanga, con gusto a… ¡nada! Lo único rico de la noche fue el Latitud 33 Cabernet Sauvignon, al que por suerte lo hacen en Bodegas Chandón, y no en Setimio.
Cuando terminamos de cenar, habiendo tratado de pasarla bien a pesar de la saga de chascos, se acercó el chef del sushi, el que cocina todos los martes, y nos ofreció sus más sinceras disculpas. “Ojalá vuelvan pronto para que puedan ser compensados”, nos dijo, con un acento educado y con una sonrisa amable, pacífica. Después, se fue a saludar en otras mesas.
Demasiado glamour.
De nuevo estoy de vuelta
Después de larga ausencia (caló hondo el título de la entrada anterior), El Corcho se reencuentra hoy con sus lectores. Amigos, ha sido un mes de mucho trabajo y, tal vez, de demasiadas distracciones. No voy a decirles que estoy con todas las pilas, pero al menos voy a tratar de postear con una mayor constancia. Un abrazo fraterno.
martes, 8 de abril de 2008
El tiempo no importa
A La Calesita no le pasan los años. La cartelería de la egregia peluquería para chicos da cuenta de ello (¡El austral dejó de circular hace 17 años!). También, los fígaros, que visten la misma chaqueta marrón y siguen haciendo las veces de maestros tijereteros, caminando en semicírculo una y otra vez alrededor de esos pequeños tronitos en altura. También, los clientes, que siguen yendo pese al paso de las generaciones (¿cuántas serán ya?). Y también, indudablemente, ese pintoresco tiovivo que gira todo el tiempo con los mismos dibujitos de Disney (me parecía inmenso cuando era chico). En tiempos en los que el minimalismo y la modernidad urbana parecen quitarle valor a lo tradicional, a lo histórico, La Calesita guiña un ojo desde la esquina de Junín y Santiago del Estero, en San Miguel de Tucumán. Ojalá lo siga haciendo.
domingo, 30 de marzo de 2008
Oferta, demanda o astucia

No sé si el objetivo era prometer una atención simpática de parte de los mozos; invitar a los clientes a pasarla bien o, simplemente, disimular socarronamente la falta de menú. De cualquier forma, colgar este cartel fue una buena idea de los administradores de “La San Juan”, un bar del centro tucumano. “Al fin y al cabo, si querés morfar bien, andate a un restorán; pero aquí tenemos la mejor”, deben haber pensado.
¡Puaj!

Qué cosa fiera que es la Paso de los Toros. Me refiero a la tónica. Cuando era chico hubo una época en la que todos los domingos, después de almorzar, íbamos con mi familia al parque 9 de Julio. Mientras mis viejos y mis abuelos se instalaban en alguna mesa de La Rural, mi hermana y yo nos subíamos a las hamacas o a una vuelta al mundo que había en ese bar, a la que la hacía girar un tipo de chaqueta celeste. Después de hinchar las bolas en los jueguitos mecánicos, corríamos a la mesa cagados de sed, ¿y qué había siempre para tomar? ¡Paso de los Toros tónica! Anoche, mi amiga Maby Sosa se pidió una. No sé cómo hay gente a la que le puede gustar esa odiosa bebida.
miércoles, 19 de marzo de 2008
Humo
A veces regresaba a casa de madrugada, después de dejar a los amigos, y a pesar de que seguramente había sobrecargado ya mis pulmones con un paquete completo, todavía me concedía un último cigarrillo antes de abrir la cama: un cigarrillo final, un cigarrillo que sirviera de epílogo en la intimidad de mi habitación, la misma en la que había iniciado el día y donde, como respetando una liturgia severa, iba a concluirlo. Sentado en la mesa en que escribía poemas, o tumbado sobre la colcha, yo aproximaba el encendedor a ese cilindro último de papel, y a continuación veía elevarse una columna de humo pálido, del mismo color de los fantasmas de las novelas, mientras una vieja tibieza que era como un murmullo y un hogar me recubría el paladar, despacio. Durante los minutos que duraba ese cigarrillo mágico, contemplaba el tránsito del humo hacia el techo, el modo en que se rizaba componiendo ondas y festones, cómo se expandía luego por todo el cuarto disolviéndose en el aire que me servía para respirar. Ese proceso por el que el humo abandona el tabaco quemado y se convierte en un halo, leí después en algún libro, es el mismo que ayuda a formar las nubes, las masas abotargadas y blancas que navegan en las alturas: se llama flujo laminar. Ahora me doy cuenta de que no resulta gratuito que el humo del cigarro y las nubes compartan origen, de que ambos pertenezcan a la misma familia: porque tanto uno como otras son hipnóticos, sirven para consolar y domesticar el tiempo, y nos ensimisman y nos hacen perdernos y volar hacia otros cielos. Muchas veces me he sorprendido observando las nubes como un bobo, preguntándome a dónde conducen, deseando acompañarlas en su vuelo a través de la atmósfera hacia el rincón opuesto de las cosas; igual que miraba el humo de un cigarrillo y deseaba ser de seda y viento para filtrarme en habitaciones prohibidas y el pecho de las muchachas sin ser advertido, sin cerraduras.
Leo en el periódico que los gobiernos de las autonomías, incluida Andalucía, se han reunido en Santiago de Compostela para estrechar aún más el cerco que se ha trazado alrededor del tabaco y llegar incluso, dicen, a ilegalizar su cultivo y su venta. No sé, yo siempre sospeché que la mera salud de un prójimo que por demás nunca ha merecido excesivos desvelos por parte de los políticos no disculpa este paroxismo de persecución y acoso: hay quien llega a identificar el tabaco con la heroína y a quien fuma en un sitio público con Jack el Destripador, lo que seguramente consuela a todos los destripadores del mundo. Yo creo que el tabaco es antipático porque en este presente nuestro de computadoras, metrosexualidad y primeros puestos la pereza es antipática, la derrota es obscena y el enfermo un apestado. Fumar, fumar en serio, detenerse a paladear el sabor de la combustión, contemplar cómo el humo dibuja ofidios y lombrices en el aire, callar y fumar sin inmiscuirse en las decisiones ni los actos de nadie, equivale a reivindicar la segunda fila, la neutralidad, el aparte, la desidia: figuras todas que la moral odia, en estos días en que hay que declararse blanco o negro, participar en manifestaciones ruidosas y condenar enérgicamente al enemigo del día. Cuesta creer en la maldad del humo: después de todo, junto al polvo y la ceniza, es el futuro que nos espera a todos.
(Humo, Luis Manuel Ruiz, El País, 23 de diciembre de 2004. A mi amigo Diego Jemio, que me lo pasó por mail, le supo dar bronca lo bien escrito que está)
Leo en el periódico que los gobiernos de las autonomías, incluida Andalucía, se han reunido en Santiago de Compostela para estrechar aún más el cerco que se ha trazado alrededor del tabaco y llegar incluso, dicen, a ilegalizar su cultivo y su venta. No sé, yo siempre sospeché que la mera salud de un prójimo que por demás nunca ha merecido excesivos desvelos por parte de los políticos no disculpa este paroxismo de persecución y acoso: hay quien llega a identificar el tabaco con la heroína y a quien fuma en un sitio público con Jack el Destripador, lo que seguramente consuela a todos los destripadores del mundo. Yo creo que el tabaco es antipático porque en este presente nuestro de computadoras, metrosexualidad y primeros puestos la pereza es antipática, la derrota es obscena y el enfermo un apestado. Fumar, fumar en serio, detenerse a paladear el sabor de la combustión, contemplar cómo el humo dibuja ofidios y lombrices en el aire, callar y fumar sin inmiscuirse en las decisiones ni los actos de nadie, equivale a reivindicar la segunda fila, la neutralidad, el aparte, la desidia: figuras todas que la moral odia, en estos días en que hay que declararse blanco o negro, participar en manifestaciones ruidosas y condenar enérgicamente al enemigo del día. Cuesta creer en la maldad del humo: después de todo, junto al polvo y la ceniza, es el futuro que nos espera a todos.
(Humo, Luis Manuel Ruiz, El País, 23 de diciembre de 2004. A mi amigo Diego Jemio, que me lo pasó por mail, le supo dar bronca lo bien escrito que está)
lunes, 17 de marzo de 2008
La semana de las fotos
Vi el catálogo y la verdad es que las fotos están muy buenas. Algunas son geniales. A las 19, en el Centro Cultural Eugenio Flavio Virla (Tucumán), comenzará la Muestra Anual de Fotoperiodismo Argentino, que organiza la Asociacion de Reporteros Graficos de la Republica Argentina (Argra), el grupo de fotoperiodistas Ojos Testigos y la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Entre las actividades de la exposición (termina el jueves) figuran mesas paneles y proyecciones, como la del lunes 24, en blanco y negro, de fotos históricas tomadas entre el Cordobazo y el Juicio a las Juntas Militares. Prometo subir algunas instantáneas de la muestra a El Corcho.
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