Mediodía del 11 de septiembre de 2001. El mundo, conmocionado por el ataque terrorista contra Estados Unidos. Los medios, convulsionados por el monstruoso caudal informativo. La televisión y las radios recogían lecturas prematuras sobre la agresión aérea de Al Qaeda a las Torres Gemelas. Sentencias. Las diferencias ideológicas no justifican la muerte de personas inocentes. Reflexiones. Es una cachetada al corazón del capitalismo exacerbado y de la hegemonía política. Vaticinios. Es el embrión de la Tercera Guerra Mundial. Hablaron todos: políticos, economistas, sociólogos, religiosos, artistas. Dijeron nada. Pero hubo una excepción soberbia, inigualable.
Notero de TV: ¿Qué opinás del atentado?
Charly García: Qué puntería, ¿no?
sábado, 18 de octubre de 2008
miércoles, 15 de octubre de 2008
Estrofas sublimes
• Quiso la siesta ponerle un niño a su soledad, de trigo y luna y de su mano María va (Antonio Tarragó Ros)
• Me voy pa’ los cerros altos, a llorar a solas lejos, pa’ ver si se apuna el dolor, subo, subo (Rolando Chivo Valladares)
• Ya relincha el nuevo día, caballito de la suerte; es un galope la vida, que lleva justo a la muerte (Raúl Galán)
• Ay, qué camino tan desparejo: la angustia, cerca, y mi niño, lejos (Hermanos Núñez)
• Me voy pa’ los cerros altos, a llorar a solas lejos, pa’ ver si se apuna el dolor, subo, subo (Rolando Chivo Valladares)
• Ya relincha el nuevo día, caballito de la suerte; es un galope la vida, que lleva justo a la muerte (Raúl Galán)
• Ay, qué camino tan desparejo: la angustia, cerca, y mi niño, lejos (Hermanos Núñez)
jueves, 9 de octubre de 2008
En mi departamento, hace unos días, nos juntamos entre amigos para compartir una guitarreada a la que asistió una izquierdista, que opinaba que Facebook es un instrumento de la CIA para mantener identificado a todo el mundo. No sé si su teoría es descabellada o acertada, pero lo cierto es que Facebook me parece uno de los máximos exponentes de la estupidez humana contemporánea. Un amigo me inscribió de prepo en esa autodenominada comunidad social de internet. Me dijo que Facebook es buenísimo. Me bastó ingresar tres veces para darme de baja. Consignas tales como qué gaseosa serías u obsequios como empanadas o mates virtuales... ¿qué clase de boludeces son estas? Solicitudes de amigo... ¿cuál es el concepto de amigo que maneja un usuario Facebook? De la lista de amigos que me armé en Facebook -sin esfuerzo alguno- creo que ni el 20% llegaba a significar amigo, al menos en el concepto que yo manejo del término. Así es que en la nómina incluí personas a las que tal vez nunca vería en mi vida. ¡Ah, pero eso sí: les iba a poder convidar M&M’s virtuales! ¡Son de ricos los M&M’s por internet!
Creo que hay que comer de verdad, tener amigos en serio y dejar de perder el tiempo en imbecilidades como Facebook.
Creo que hay que comer de verdad, tener amigos en serio y dejar de perder el tiempo en imbecilidades como Facebook.
martes, 7 de octubre de 2008
Reflexión sobre las versiones
El otro día me puse a descargar música. Había anotado que iba a bajar Zamba de Argamonte (Gustavo Cuchi Leguizamón), interpretada por Liliana Herrero. Como busqué el tema por el nombre, no por el artista, aparecieron muchas Zamba de Argamonte. Decidí entonces bajar todas para escucharlas y ver cuál me gustaba más. Pero resulta que me gustaron todas. A ver: me sigue pareciendo mayor la de Liliana Herrero, porque ella no deja pasar un verso sin sentirlo, sin expresar una idea; y desde el punto de vista vocal, maneja a la perfección la dinámica y los silencios y juega finamente con los tempos, como el bueno de João Gilberto. La del Dúo Salteño me sorprendió por los extraordinarios agudos y los largos portamentos de los dos cantantes. La de Las Voces Blancas, con sus impecables y dulces armonías, me hace figurar al gaucho manso en el silencio del cerro, en la oscuridad de los árboles en la noche, bajo la luz blanca y potente de la luna. La de Los Fronterizos, más rapidita, proyecta, en cambio, un galope veloz, más campestre. Me gustaron todas las versiones; en particular, porque todas saben diferente. Allí radica el éxito de las canciones versionadas: en la impronta que le da cada artista, cada grupo. No me explico, por ejemplo, cómo puede haber resultado tan exitoso el disco Inconsciente Colectivo de Fabiana Cantilo, cuyas versiones son prácticamente imitaciones de las originales. En Me arde, si se lo escucha con atención, la cantante copia hasta la fonética de Andrés Calamaro. El otro día charlé por primera vez con el Topo Encinar, en el cumpleaños de mi amiga Valeria Totongi, y él reprochaba a los coveristas e insistía en que los músicos debían dejar de lado las interpretaciones para virar hacia la creación. “La gente quiere que le rompan la cabeza con cosas nuevas, loco”, me decía. Y creo que tiene razón. De todas formas, las buenas versiones también te pueden romper la cabeza. Hablando de Liliana Herrero, la semana pasada fuimos a escucharla al teatro San Martín con mi amigo Diego Jemio, y coincidimos en que la de Cosechero es sugestiva, muy original, como la mayoría de sus interpretaciones. Lo bueno es cuando una interpretación te sorprende, cuando se diferencia para bien del original.
viernes, 3 de octubre de 2008
¿Qué horas son, mi corazón?
En la estrellada madrugada de hoy, frente al solemne edificio del Rectorado de la Universidad Nacional de Tucumán y a la vuelta de la Comisaría Segunda de la Policía sesionaba un parlamento improvisado de trotamundos. El apetito de marihuana los había expulsado de La 470, una cueva con paredes de ladrillos a la vista y puerta vidriada pero tapada por discretas cortinas. Allí tocaban bandas locales de reggae y de ska. Yo había ido a escuchar a una de ellas, Ad Hoc, que integran tres amigos y ex compañeros del secundario. Había ido con una amiga que estaba acompañada por otra suya; la primera licenciada y la segunda estudiante avanzada de Historia. Ambas venían de beber cerveza en un antro cumbio con mesas de pool, en Barrio Sur. La ingesta había sido moderada, pero no frenó el payasesco portuñol con una pizca de tucumano básico que ensayaron para conversar con uno de los nómades, artesano él, oriundo de Río de Janeiro. Vestía una bermuda color crudo, alpargatas, un suéter largo, una riñonera de esas que van cruzadas al tórax, y un gorro de lana. “Tengo una hermana que vive allá y que es dueña de un servidor de internet. Gana mucho dinero. Me ofreció pagarme la rehabilitación en una clínica. Yo le dije que soy dueño de hacer con mi vida lo que quiera”, decía, orgulloso, indiferente. Estaba en Tucumán para visitar a su hijo, Mateo. “Por suerte está en esta ciudad, en una casa linda. Aquí no hay ni el cinco por ciento de violencia que hay en Río”, apuntaba, ya melancólico. En ese congreso callejero de bohemios se encontraba, además, un cordobés de una inconfundible tonada arrastrada, al que se lo escuchó musitar, cabeza gacha, que quería volverse a su provincia. También, un porteño de Villa Crespo, rocker él, hincha de San Lorenzo, que relataba los últimos conciertos que había ido a ver en distintas ciudades del país. “En Tucumán siempre alguien te abre las puertas. Buenos Aires es una mierda. El otro día estuve en San Luis. Me había ido a verlo al Indio (Solari). La entrada costaba 150 mangos. ¿Sabés que hice? Me compré así un trozo de merca y me fui a la casa de un chabón amigo. No lo vi al Indio. ¡Pero lo escuché! ¡Desde el patio de la casa se escuchaba todo, loco!”, exponía, con un narcótico entusiasmo y las persianas de sus ojos semiabiertas. Detrás de él, otro andarín, un centroamericano, intentaba chamuyarse a una francesa de pelo corto que no entendía nada de ese castellano playero, de ese reggaeton hablado. “Aquí vas a probar faso puro, no como en Europa, que le meten tabaco”, le decía. Ella sólo lo miraba. Después, tal vez, se perdieron para entenderse mejor. A todo esto, la amiga de mi amiga, que es de Ledesma, Jujuy, se reía del portuñol que espontáneamente se practicaba con el carioca. A su lado, una chica, tal vez la novia del cordobés, tosía, vomitaba y enseguida le hacía una seca a un cigarrillo de vaya a saber qué yerba. A lo lejos se escuchaba la interpretación de un clásico del jamaiquino más famoso. La música introdujo a todo el colorido peregrinaje nuevamente en el salón. En la vereda, a la sombra de un viejo y flaco naranjo, y entre el persistente olor a cannabis, quedaron la soledad del viajero errante y la nostalgia del sueño imposible, de la ilusión eterna.
sábado, 27 de septiembre de 2008
Un clásico
Me acordaba el otro día lo bueno que era el grabador doble casetera. Esos aparatos eran de los pocos que permitían acopiar música con la mayor fidelidad de sonido (en esa época, claro está). Hasta que se masificaron, y obviamente antes de que surgiera el compact disc (CD), para grabar un casete había que tener dos equipos: poner a reproducir el casete original en uno y, en simultáneo, y bien cerquita, presionar juntos los botones play y record para grabar el casete virgen en el otro; y hacerlo todo en una habitación cerrada, en el mayor de los silencios, para evitar que se grabaran ruidos externos. También se podía grabar casetes que no fueran vírgenes, tapándoles con cinta scotch los dos agujeritos de arriba. Una familia vecina del departamento de San Lorenzo 980, en el que viví hasta los 12 años, tenía un doble casetera; y yo pasaba tardes enteras grabando casetes. Ese equipo estaba bueno, porque tenía lo que se llamaba copiado rápido, que posibilitaba la grabación en una velocidad mayor que la de la reproducción; pero se decía que eso le hacía perder calidad a la grabación. Qué masa que eran esos aparatos. Qué feliz fui cuando mi viejo cayó a mi casa con uno. Ya ni sé qué se hizo.
sábado, 13 de septiembre de 2008
Fantasía hospitalaria
A los cirujanos se les va la mano. Y a las enfermeras, también. Según publicó Télam esta semana, dos enfermeras del hospital municipal de la localidad bonaerense de Saavedra fueron separadas de sus cargos por haberse sacado fotos en ropa interior, en su lugar de trabajo. Las fotos circularon por los teléfonos celulares de sus compañeros y de varios vecinos. “Este hospital siempre tuvo un buen nombre y queremos que siga así. No tenemos mucha explicación de lo que pasó pero de allí a sacarse fotos y encima mandarlas para que las vieran otras personas es algo raro”, dijo el director del nosocomio, Raúl Wagner, según la agencia oficial de noticias. En el cielo, Olmedo y el gordo Porcel deben estar cagándose de risa.
martes, 9 de septiembre de 2008
Agostamiento
En los últimos días escuché a dos amigos míos anticipar que cerrarán sus blogs próximamente. ¿El motivo? La escasez de temas para subir. Quiero creer que esto no es tan así. No voy a caer en el cliché de afirmar que los periodistas -la mayoría de los blogs que conozco pertenece a periodistas- no pueden tirar la toalla por falta de ideas para postear. Decir eso sería una cabronada. Pero sí considero que ese argumento, el de la escasez de temas, no es acabado ni convincente. Espero que las advertencias de mis amigos hayan sido, en realidad, golpes de efecto para plantear la incomodidad y acaso el fastidio que provocan esos largos períodos de sequía, a los que hay que entender como lógicos, normales, si se quiere. No sé si será la época del año, de mucho trabajo, o la falta de lluvias o la campaña electoral en Estados Unidos o la separación de Graciela Alfano con Matías Alé o qué se yo; pero he notado que muchos de los blogs que habitualmente visito están demorando las actualizaciones más de la cuenta. Y no los culpo; a los autores, mejor dicho, porque estimo que en la mayoría de los casos hubo algún lapso en que cada blog se mantuvo inmóvil. En mi caso esto se dio varias veces. Por eso, no los culpo, insisto. Pero desde aquí por lo menos van a llevarse, si alguno ha llegado ya a esta parte de este aburrido post, una breve arenga: no aflojen y sigan posteando.
(¿Se nota mucho que estoy en casa, con gripe, y que no tengo absolutamente nada para postear?)
(¿Se nota mucho que estoy en casa, con gripe, y que no tengo absolutamente nada para postear?)
sábado, 6 de septiembre de 2008
La noche, el amanecer y el atardecer

Anoche vi La vie en rose, sobre la vida de Edith Piaf. Me gustaron muchas cosas de la película; en particular, algunos diálogos. El que aquí destaco aparece casi al final del filme, cuando el gorrión de París, ya en el ocaso de su carrera y de su vida, concede una entrevista a una joven periodista, en una playa, mientras teje un suéter.
- ¿Le gusta la noche?
- Sí, con muchas luces.
- ¿Le gusta el amanecer?
- Con piano y con amigos.
- ¿Y el atardecer?
- Sí, porque para nosotros es el amanecer.
- ¿Le gusta la noche?
- Sí, con muchas luces.
- ¿Le gusta el amanecer?
- Con piano y con amigos.
- ¿Y el atardecer?
- Sí, porque para nosotros es el amanecer.
domingo, 31 de agosto de 2008
Perfume visual

Maipú 333, San Miguel de Tucumán. Escondido entre la gruesa pilastra de un viejo edificio y la vidriera de un local comercial se encuentra este grafiti redentor. Si uno camina por esa cuadra cualquier día, a la mañana o a la tarde, entre el apuro de la gente, las veredas angostas, los bocinazos de los autos y los gritos de los vendedores ambulantes descubrir esa inscripción es ciertamente un bálsamo. Debería haber más epígrafes urbanos del tipo. La ciudad sería menos agresiva.
martes, 26 de agosto de 2008
Tocar Sólo le pido a Dios con cara de orto
Este domingo se publicó en Crítica de la Argentina una entrevista a León Gieco. La recomiendo porque es reveladora y muy entretenida. Aquí, un fragmento que me impactó.
- ...todo el mundo cree que sos un tipo con gran esperanza en la humanidad, que piensa que el ser humano va a cambiar. Y en realidad sos bastante pesimista.
–¡Soy repesimista! Yo no creo que vaya a cambiar, y creo que va todo para atrás. A nivel país, éste es un país estilo “tómalo o déjalo”, porque no tiene solución. El crisol de razas no dio resultado, evidentemente. Pero sí sé que hay que ser una persona buena, no cagar a nadie, ser fiel y solidario, porque la solidaridad no solamente ayuda a las personas sino que te ayuda a vos. Eso no significa que piense que la cosa vaya a cambiar, ni tampoco soy tan iluso de pensar que mi solidaridad o mi canción vaya a solucionar un problema. ¡No soy un pelotudo! Otra cosa es creerse el personaje de que “gracias a mí” se logran cosas. Yo toco Sólo le pido a Dios con cara de orto porque me doy cuenta de que no soluciono nada con las canciones. Son temas que uno compone porque siente esa fibra y es sincera. Pero después ves a Mick Jagger en la película de Scorsese, todo arrugado, cara como un pergamino, bailando Satisfaction y decís: “¡Claro, este tipo es feliz, si nunca se metió en nada!”. Con esa película vi qué convencimiento tienen los chabones todavía de cantar Satisfaction, como si fuese un tema que compuso ayer. Yo, cada vez que tengo que cantar Sólo le pido a Dios sufro como un hijo de puta y digo: “¡Ojalá no la cante más!”. Fui a verla tres veces al cine y me dio una inyección de vida.
Entrevista completa
- ...todo el mundo cree que sos un tipo con gran esperanza en la humanidad, que piensa que el ser humano va a cambiar. Y en realidad sos bastante pesimista.
–¡Soy repesimista! Yo no creo que vaya a cambiar, y creo que va todo para atrás. A nivel país, éste es un país estilo “tómalo o déjalo”, porque no tiene solución. El crisol de razas no dio resultado, evidentemente. Pero sí sé que hay que ser una persona buena, no cagar a nadie, ser fiel y solidario, porque la solidaridad no solamente ayuda a las personas sino que te ayuda a vos. Eso no significa que piense que la cosa vaya a cambiar, ni tampoco soy tan iluso de pensar que mi solidaridad o mi canción vaya a solucionar un problema. ¡No soy un pelotudo! Otra cosa es creerse el personaje de que “gracias a mí” se logran cosas. Yo toco Sólo le pido a Dios con cara de orto porque me doy cuenta de que no soluciono nada con las canciones. Son temas que uno compone porque siente esa fibra y es sincera. Pero después ves a Mick Jagger en la película de Scorsese, todo arrugado, cara como un pergamino, bailando Satisfaction y decís: “¡Claro, este tipo es feliz, si nunca se metió en nada!”. Con esa película vi qué convencimiento tienen los chabones todavía de cantar Satisfaction, como si fuese un tema que compuso ayer. Yo, cada vez que tengo que cantar Sólo le pido a Dios sufro como un hijo de puta y digo: “¡Ojalá no la cante más!”. Fui a verla tres veces al cine y me dio una inyección de vida.
Entrevista completa
jueves, 21 de agosto de 2008
La estatua móvil
Me gustó este artículo de opinión que se publicó ayer en Crítica de la Argentina, mi diario del momento. La escribió Alberto Rojo, físico y músico tucumano que actualmente es columnista del periódico de Jorge Lanata, el más nuevo de los de tirada nacional. El escrito me hizo acordar a mi colega y amigo Roberto Espinosa, que siempre recuerda que durante los años de plomo las manifestaciones culturales quedaron en el ostracismo, porque los militares no entendían el arte; no concebían expresiones o espectáculos que no fueran los desfiles oficiales o las marchas castrenses. La obtusidad era absurda, caricaturesca, cómica, como la curiosa anécdota que relata Rojo, aunque referida a un contexto espeluznante, oscuro.
Noviembre de 1976. El general Antonio Domingo Bussi entra al edificio de Tribunales, en Tucumán. Mira hacia la arboleda de lapachos en la plaza de enfrente. “¿Cómo andan las cosas por aquí?”, pregunta con una voz que imagino autoritaria y condescendiente, cuyos ecos persisten, como rémoras de un naufragio, en el tono de su llanto en el juicio que le están librando estos días. “Y cómo quiere que estén, general, si hasta Yrigoyen nos da la espalda”, contesta alguien cuya identidad nunca supe.
La plaza Yrigoyen está en el barrio sur de Tucumán, a pocas cuadras de la casa en la que crecí. En el punto de cruce de sus diagonales hay una estatua del Peludo, obra de Ernestina Azlor, con un pedestal asimétrico, que mira hacia el centro de Tucumán, dando, en efecto, la espalda a Tribunales.
Nunca supe si el diálogo, que circuló en esos días por Tucumán como tantas anécdotas bussianas, realmente existió. Lo que sí puedo atestiguar es que en diciembre de 1976 la estatua amaneció dada vuelta. La vi muchas veces, desde muchos ángulos, en las tardes que pasábamos con mi novia de adolescencia sentados en los bancos de la plaza y además desde un kiosco (que sigue existiendo) en el extremo opuesto a Tribunales, donde se vendían los que para mí son los mejores sánguches de milanesa del mundo.
Por varios meses, no puedo precisar exactamente cuántos, Yrigoyen miró hacia Tribunales, quizá supervisando las actividades de una Justicia de caricatura, a su izquierda lo que antes estaba a su derecha, dándole la espalda a su propio nombre (curiosamente está escrito Irigoyen), y quizá preocupado por no caerse del pedestal. Siempre cuento la anécdota a extranjeros cuando sale el tema del gobierno militar y de lo grotesco de sus métodos. De esos tiempos de terror hay otras anécdotas por cierto muy documentadas. Los menhires (piedras milenarias de las culturas aborígenes) de Tafí del Valle, agrupados para formar un parque turístico. Los veinte o treinta mendigos (entre ellos Pachequito, el Loco Perón que rompía ladrillos con la cabeza, el Loco Vera) que en invierno de ese año fueron empujados a un camión militar y depositados en medio del campo catamarqueño, para que no entorpezcan, se decía entonces, la visual de la ciudad ante una visita de Videla. Varios murieron de frío y hambre. Pero de Yrigoyen dado vuelta no encontré registros gráficos. Busqué la foto varias veces en muestras testimoniales del diario La Gaceta, una de ellas en el mismo aeropuerto de Tucumán. Consulté con los archivos del diario; increíblemente, me dicen que la foto no existe. Yo mismo pensé, recuerdo, en sacarle una foto, pero en ese entonces no se podía sacar fotos en lugares públicos. Una amiga periodista, ante mi consulta, fue a la plaza y consultó con el placero, quien no recordaba el giro de la estatua, que para mí representa una metáfora de metáforas. De los giros ridículos de la historia.
Noviembre de 1976. El general Antonio Domingo Bussi entra al edificio de Tribunales, en Tucumán. Mira hacia la arboleda de lapachos en la plaza de enfrente. “¿Cómo andan las cosas por aquí?”, pregunta con una voz que imagino autoritaria y condescendiente, cuyos ecos persisten, como rémoras de un naufragio, en el tono de su llanto en el juicio que le están librando estos días. “Y cómo quiere que estén, general, si hasta Yrigoyen nos da la espalda”, contesta alguien cuya identidad nunca supe.
La plaza Yrigoyen está en el barrio sur de Tucumán, a pocas cuadras de la casa en la que crecí. En el punto de cruce de sus diagonales hay una estatua del Peludo, obra de Ernestina Azlor, con un pedestal asimétrico, que mira hacia el centro de Tucumán, dando, en efecto, la espalda a Tribunales.
Nunca supe si el diálogo, que circuló en esos días por Tucumán como tantas anécdotas bussianas, realmente existió. Lo que sí puedo atestiguar es que en diciembre de 1976 la estatua amaneció dada vuelta. La vi muchas veces, desde muchos ángulos, en las tardes que pasábamos con mi novia de adolescencia sentados en los bancos de la plaza y además desde un kiosco (que sigue existiendo) en el extremo opuesto a Tribunales, donde se vendían los que para mí son los mejores sánguches de milanesa del mundo.
Por varios meses, no puedo precisar exactamente cuántos, Yrigoyen miró hacia Tribunales, quizá supervisando las actividades de una Justicia de caricatura, a su izquierda lo que antes estaba a su derecha, dándole la espalda a su propio nombre (curiosamente está escrito Irigoyen), y quizá preocupado por no caerse del pedestal. Siempre cuento la anécdota a extranjeros cuando sale el tema del gobierno militar y de lo grotesco de sus métodos. De esos tiempos de terror hay otras anécdotas por cierto muy documentadas. Los menhires (piedras milenarias de las culturas aborígenes) de Tafí del Valle, agrupados para formar un parque turístico. Los veinte o treinta mendigos (entre ellos Pachequito, el Loco Perón que rompía ladrillos con la cabeza, el Loco Vera) que en invierno de ese año fueron empujados a un camión militar y depositados en medio del campo catamarqueño, para que no entorpezcan, se decía entonces, la visual de la ciudad ante una visita de Videla. Varios murieron de frío y hambre. Pero de Yrigoyen dado vuelta no encontré registros gráficos. Busqué la foto varias veces en muestras testimoniales del diario La Gaceta, una de ellas en el mismo aeropuerto de Tucumán. Consulté con los archivos del diario; increíblemente, me dicen que la foto no existe. Yo mismo pensé, recuerdo, en sacarle una foto, pero en ese entonces no se podía sacar fotos en lugares públicos. Una amiga periodista, ante mi consulta, fue a la plaza y consultó con el placero, quien no recordaba el giro de la estatua, que para mí representa una metáfora de metáforas. De los giros ridículos de la historia.
martes, 5 de agosto de 2008
Chascarrillos urbanos
Anoche, en la tradicional sandwichería Don Pepe, de Barrio Sur:
Cajero: ¿Qué van a querer?
Joven médica (o enfermera), acompañada de otro muchacho (estimo de unos 30 años ambos): Queremos milanesas.
Cajero: ¿Cuántas? ¿Dos?
Joven médica: Mmm... No sé, pero me parece que tres o cuatro, porque tenemos más hambre que el Chavo.
La conversación me hizo acordar a mi amigo Diego Jemio. El suele recordar que un conocido suyo acostumbra a decir: “tiene más hambre que mucama ’i hippie”.
Me hacen cagar de risa esas comparaciones. O como dos referidas a hacerse el boludo:
- Se hace el boludo como perro que ha volteao la olla.
- Se hace el boludo como payaso que se ha golpeao en serio.
Cajero: ¿Qué van a querer?
Joven médica (o enfermera), acompañada de otro muchacho (estimo de unos 30 años ambos): Queremos milanesas.
Cajero: ¿Cuántas? ¿Dos?
Joven médica: Mmm... No sé, pero me parece que tres o cuatro, porque tenemos más hambre que el Chavo.
La conversación me hizo acordar a mi amigo Diego Jemio. El suele recordar que un conocido suyo acostumbra a decir: “tiene más hambre que mucama ’i hippie”.
Me hacen cagar de risa esas comparaciones. O como dos referidas a hacerse el boludo:
- Se hace el boludo como perro que ha volteao la olla.
- Se hace el boludo como payaso que se ha golpeao en serio.
lunes, 28 de julio de 2008
La base está
Les acerco un concepto esperanzador sobre el periodismo que escribió Ernesto Schoo y que se publicó ayer en La Gaceta Literaria.
Consejos para los jóvenes periodistas
Cuando se acaba de cumplir ochenta años y se llevan a cuestas cincuenta y cinco de profesión, es inevitable que nos pidan consejos para los jóvenes novicios. Una salvedad previa: los cambios tecnológicos -la computación, la informática, el correo electrónico- están conduciendo a cambios de comunicación y percepción tan radicales, tanto desde el punto de vista del emisor como del receptor, que acaso mis palabras resulten obsoletas. Creo, sin embargo, que algunas cosas no cambian: yo aconsejaría no perder nunca y cultivar siempre, enfáticamente, la curiosidad y el entusiasmo. Y, al margen de aquellas noticias que exigen una seca precisión en los datos, abordar siempre el texto como si se estuviera contando un cuento. Que es lo que el lector quiere, lo que todos queremos: que nos cuenten un cuento para entender el mundo y entendernos a nosotros mismos, y para saber que no estamos del todo solos y desamparados en el espacio cuyo silencio eterno espantaba a Pascal: que alguien nos acompaña y nos cuenta una historia antes de dormir.
Consejos para los jóvenes periodistas
Cuando se acaba de cumplir ochenta años y se llevan a cuestas cincuenta y cinco de profesión, es inevitable que nos pidan consejos para los jóvenes novicios. Una salvedad previa: los cambios tecnológicos -la computación, la informática, el correo electrónico- están conduciendo a cambios de comunicación y percepción tan radicales, tanto desde el punto de vista del emisor como del receptor, que acaso mis palabras resulten obsoletas. Creo, sin embargo, que algunas cosas no cambian: yo aconsejaría no perder nunca y cultivar siempre, enfáticamente, la curiosidad y el entusiasmo. Y, al margen de aquellas noticias que exigen una seca precisión en los datos, abordar siempre el texto como si se estuviera contando un cuento. Que es lo que el lector quiere, lo que todos queremos: que nos cuenten un cuento para entender el mundo y entendernos a nosotros mismos, y para saber que no estamos del todo solos y desamparados en el espacio cuyo silencio eterno espantaba a Pascal: que alguien nos acompaña y nos cuenta una historia antes de dormir.
martes, 22 de julio de 2008
Crónica de una cobertura excitante
El día siguiente de la sesión del Senado que concluyó con el desempate del vicepresidente, Julio Cobos, se publicó en La Gaceta.com una crónica que me habían encargado acerca de cómo siguieron los periodistas de todo el país la maratónica jornada desde los salones Azul y de las Provincias. Aquí va.
Hace unas horas, cuando todavía era de noche, el Congreso fue lo más parecido a una Marmicoc. Los taxistas no llevaban a nadie hasta la zona. Allí, en la plaza, cientos de manifestantes oficialistas, con fuegos artificiales, pancartas y banderas, observaron la sesión por medio de pantallas gigantes y pasaron de la algarabía a la confusión, a la desolación y a la rabia, secuencia que a la inversa se vivió a cinco kilómetros de distancia en Palermo, donde ruralistas y opositores observaron el debate.
Las 18 horas y 50 minutos de discusión fueron seguidas por periodistas, por funcionarios y por personal del Senado en medio de una maraña de rumores y de idas y venidas. En el majestuoso palacio parlamentario muy pocas personas podían pasar al recinto y a los palcos. Inclusive, buena parte del personal de la Cámara Alta también tenía limitados los accesos. “Menem se va a la mierda. Dicen que está con mucha fiebre y no va a estar para la votación. Cagó la oposición”, vociferó un acreditado del Congreso a las 9 de la noche. Más tarde, finalmente, habló Carlos Saúl. A punto de comenzar su discurso, la aparición del dos veces ex presidente en las pantallas gigantes ubicadas en los salones Azul y De las Provincias provocó un ¡uuuuuuuhhhhhhhhh! de asombro generalizado, y algunas risas socarronas como las del cronista de CQC, Clemente Cancella. Después, durante toda la alocución, el silencio fue sepulcral.
“Aparecio Rached!”. Del recinto llegaban las noticias por SMS a los celulares. “llgó Sadi” (sic). Con ellos, el oficialismo sumaba 37 votos, y le ganaba a los 34 votos opositores, descontando la ausencia de Menem.
En el medio, llegaban de visita algunos funcionarios, como la diputada kirchnerista Diana Conti que, distendida y convencida de la victoria, fumaba un cigarrillo blanco y finito e intercambiaba bromas con sus asesores mientras concedía entrevistas. Afuera, sonaban bombas de estruendo y una multitud gritaba y cantaba en apoyo al Ejecutivo nacional.
Cerca de la medianoche la televisión tiró la bomba de que la votación estaría empatada en 36. “¿Qué pasó ahora?”, preguntó un movilero desesperado y hastiado a sus colegas, justo después de haber salido al aire diciendo que el oficialismo ganaba con 37 votos. “Rached se dio vuelta. Lo llamó Alfonsín. Y Menem ya sabemos que se queda. Están en parda”, le respondieron, en lenguaje truquero.
Revuelo. Quedaba todavía casi una decena de oradores. El calor iba en ascenso en la Plaza de los dos Congresos. Adentro, también. Hablaron la ultraopositora Chiche Duhalde y el ultrakirchnerista Nicolás Fernádez. Los cronistas tomaban nota y un enviado infiltrado de Guillermo Moreno exclamaba frente a las pantallas gigantes: “senadores, respeten la democracia”. Un muchacho vestido con un ambo negro repartía entre los periodistas una publicación oficialista: “Revista Ka”.
Las ojeras eran cada vez más grandes. Los techos eran altos, pero el humo del cigarrillo igualmente logró imponerse en el ambiente. Habló Sanz. Habla Pichetto. La definición está al caer.
Otro ¡uuuuuuuhhhhhhhhh! generalizado y risas, cuando apareció el 36 a 36 en la pizarra electrónica. Afuera el bullicio era ensordecedor y las banderas y las pancartas estaban cada vez más altas. “Por nuestros hijos, por nuestra patria, ni un paso atrás”, decía una que pertenecía a Madres de Plaza de Mayo.
Cobos tomó el micrófono. Lo acomodó 100.000 veces. Lo constriñó, lo dobló, lo movió. Era su más próxima e inmediata descarga. “No me gustaría ser el micrófono del vicepresidente en estos momentos”, decía una movilera, entre nerviosas risas. Muchos temblaban. Otros se comían las uñas o se revolvían el pelo o no paraban de fumar. “Mi voto no es positivo”. Final de la sesión. Todos, afuera. Militantes K intentaban derribar las vallas. Se rearma el cordón policial. Los senadores y Cobos se retiraban por la puerta de atrás. Caían piedras. Todos, adentro, de vuelta. Se rompieron algunos vidrios del edificio del Senado. Después, las banderas y las pancartas desaparecieron. La multitud se desconcentró. La calma volvió al lugar. Pero la tensión continúa.
Hace unas horas, cuando todavía era de noche, el Congreso fue lo más parecido a una Marmicoc. Los taxistas no llevaban a nadie hasta la zona. Allí, en la plaza, cientos de manifestantes oficialistas, con fuegos artificiales, pancartas y banderas, observaron la sesión por medio de pantallas gigantes y pasaron de la algarabía a la confusión, a la desolación y a la rabia, secuencia que a la inversa se vivió a cinco kilómetros de distancia en Palermo, donde ruralistas y opositores observaron el debate.
Las 18 horas y 50 minutos de discusión fueron seguidas por periodistas, por funcionarios y por personal del Senado en medio de una maraña de rumores y de idas y venidas. En el majestuoso palacio parlamentario muy pocas personas podían pasar al recinto y a los palcos. Inclusive, buena parte del personal de la Cámara Alta también tenía limitados los accesos. “Menem se va a la mierda. Dicen que está con mucha fiebre y no va a estar para la votación. Cagó la oposición”, vociferó un acreditado del Congreso a las 9 de la noche. Más tarde, finalmente, habló Carlos Saúl. A punto de comenzar su discurso, la aparición del dos veces ex presidente en las pantallas gigantes ubicadas en los salones Azul y De las Provincias provocó un ¡uuuuuuuhhhhhhhhh! de asombro generalizado, y algunas risas socarronas como las del cronista de CQC, Clemente Cancella. Después, durante toda la alocución, el silencio fue sepulcral.
“Aparecio Rached!”. Del recinto llegaban las noticias por SMS a los celulares. “llgó Sadi” (sic). Con ellos, el oficialismo sumaba 37 votos, y le ganaba a los 34 votos opositores, descontando la ausencia de Menem.
En el medio, llegaban de visita algunos funcionarios, como la diputada kirchnerista Diana Conti que, distendida y convencida de la victoria, fumaba un cigarrillo blanco y finito e intercambiaba bromas con sus asesores mientras concedía entrevistas. Afuera, sonaban bombas de estruendo y una multitud gritaba y cantaba en apoyo al Ejecutivo nacional.
Cerca de la medianoche la televisión tiró la bomba de que la votación estaría empatada en 36. “¿Qué pasó ahora?”, preguntó un movilero desesperado y hastiado a sus colegas, justo después de haber salido al aire diciendo que el oficialismo ganaba con 37 votos. “Rached se dio vuelta. Lo llamó Alfonsín. Y Menem ya sabemos que se queda. Están en parda”, le respondieron, en lenguaje truquero.
Revuelo. Quedaba todavía casi una decena de oradores. El calor iba en ascenso en la Plaza de los dos Congresos. Adentro, también. Hablaron la ultraopositora Chiche Duhalde y el ultrakirchnerista Nicolás Fernádez. Los cronistas tomaban nota y un enviado infiltrado de Guillermo Moreno exclamaba frente a las pantallas gigantes: “senadores, respeten la democracia”. Un muchacho vestido con un ambo negro repartía entre los periodistas una publicación oficialista: “Revista Ka”.
Las ojeras eran cada vez más grandes. Los techos eran altos, pero el humo del cigarrillo igualmente logró imponerse en el ambiente. Habló Sanz. Habla Pichetto. La definición está al caer.
Otro ¡uuuuuuuhhhhhhhhh! generalizado y risas, cuando apareció el 36 a 36 en la pizarra electrónica. Afuera el bullicio era ensordecedor y las banderas y las pancartas estaban cada vez más altas. “Por nuestros hijos, por nuestra patria, ni un paso atrás”, decía una que pertenecía a Madres de Plaza de Mayo.
Cobos tomó el micrófono. Lo acomodó 100.000 veces. Lo constriñó, lo dobló, lo movió. Era su más próxima e inmediata descarga. “No me gustaría ser el micrófono del vicepresidente en estos momentos”, decía una movilera, entre nerviosas risas. Muchos temblaban. Otros se comían las uñas o se revolvían el pelo o no paraban de fumar. “Mi voto no es positivo”. Final de la sesión. Todos, afuera. Militantes K intentaban derribar las vallas. Se rearma el cordón policial. Los senadores y Cobos se retiraban por la puerta de atrás. Caían piedras. Todos, adentro, de vuelta. Se rompieron algunos vidrios del edificio del Senado. Después, las banderas y las pancartas desaparecieron. La multitud se desconcentró. La calma volvió al lugar. Pero la tensión continúa.
lunes, 21 de julio de 2008
El que esté libre de pecados…
El silencio proverbial del inicio de un viaje largo y nocturno en colectivo hasta Buenos Aires se interrumpió ni bien pasaron diez minutos desde la partida de la terminal de ómnibus de Tucumán. ¡Pum! ¡Crrrrrrasshhh! Murmuros. Un pasajero que estaba sentado en un asiento del medio del colectivo se levanta ileso pero aturdido, absorto. Desde la banquina alguien había arrojado un cascote de ripio, que impactó y destruyó una de las ventanas del vehículo.
Los azafatos no habían tenido tiempo de pedirnos a los clientes que cubriéramos las ventanas con las cortinas para evitar este tipo de siniestros. Siempre lo hacen. En cada viaje. Pero esta vez ocurrió de antemano. A mí es la primera vez que me pasaba.
Después del incidente, el colectivo nunca se detuvo hasta que llegamos a la base logística de la empresa de viajes. Allí unos operarios terminaron de destruir en pedazos lo que quedaba del ventanal, dejando perfectamente libre el rectángulo para empotrar otro vidrio. La enmienda demoró unos 35 minutos.
Me decía Santiago, mi colega con quien viajé por una cobertura para La Gaceta, que probablemente se trató de asaltantes en un intento de robo. No sé. Tal vez el propósito haya sido sencillamente el de hacer daño. Lo cierto es que no sólo fue un gran susto tener que esperar, sino un padecimiento.
Igualmente, el mayor garrón fue lo que tuvimos que ver en la tele: “El increíble cuerpo humano”, un documental de la National Geographic. Realmente hubiera preferido un policial yanqui de los 80, barato y predecible. Me calcé los auriculares y me dispuse a escuchar música española para pasar el mal trago. Contamíname, pero no con el humo que asfixia el aire. Ven, pero sí con tus ojos y con tus bailes…
Los azafatos no habían tenido tiempo de pedirnos a los clientes que cubriéramos las ventanas con las cortinas para evitar este tipo de siniestros. Siempre lo hacen. En cada viaje. Pero esta vez ocurrió de antemano. A mí es la primera vez que me pasaba.
Después del incidente, el colectivo nunca se detuvo hasta que llegamos a la base logística de la empresa de viajes. Allí unos operarios terminaron de destruir en pedazos lo que quedaba del ventanal, dejando perfectamente libre el rectángulo para empotrar otro vidrio. La enmienda demoró unos 35 minutos.
Me decía Santiago, mi colega con quien viajé por una cobertura para La Gaceta, que probablemente se trató de asaltantes en un intento de robo. No sé. Tal vez el propósito haya sido sencillamente el de hacer daño. Lo cierto es que no sólo fue un gran susto tener que esperar, sino un padecimiento.
Igualmente, el mayor garrón fue lo que tuvimos que ver en la tele: “El increíble cuerpo humano”, un documental de la National Geographic. Realmente hubiera preferido un policial yanqui de los 80, barato y predecible. Me calcé los auriculares y me dispuse a escuchar música española para pasar el mal trago. Contamíname, pero no con el humo que asfixia el aire. Ven, pero sí con tus ojos y con tus bailes…
sábado, 12 de julio de 2008
Reflexión de Josep Pla sobre el orden
En “El cuaderno gris” figura otra definición del escritor catalán Josep Pla que me ha resultado particularmente acertada. Se la leí hace unos días a mi amiga Maby Sosa para justificar el pintoresco orden de su departamento, en el que estoy alojándome durante estos días hasta que me entreguen el mío. En la casa, la presencia de mi madre es visible por todas partes. Sospecho que si pudiera ordenaría hasta los sentimientos (...) El orden tiene esto de malo: paraliza, admira, invita a no tocar nada. Invita a dejarlo todo para mañana. Dejar una cosa para mañana es dejarla para siempre.
miércoles, 9 de julio de 2008
Diálogo por celular
Un hombre camina por la vereda de Bonafide, en San Martín al 600, mientras habla por celular, aparentemente, con su mujer:
- No, mi amor, voy a llegar a la casa enseguidita nomás. Hoy quiero verlo a Tinelli ya bañadito, limpito... tranquilo. Y no quiero que nadie me hinche las pelotas.
- No, mi amor, voy a llegar a la casa enseguidita nomás. Hoy quiero verlo a Tinelli ya bañadito, limpito... tranquilo. Y no quiero que nadie me hinche las pelotas.
viernes, 4 de julio de 2008
Publicidad exagerada

¿Por qué el mega evento del siglo? ¿Una exposición jurásica y otra de animales constituyen el gran acontecimiento del siglo? ¿De cuál siglo? ¿No bastan los ejemplares que hay en el Lillo? ¿Dinosaurios reales? ¿No se habían extinguido hace miles de años ya? ¿Por qué ese afán por la pedantería en las publicidades? ¿Por qué no aprovechan semejante afiche para atraer al público de otra forma? Ya fui al Lillo y a varios zoológicos y vi las Jurasic Park, y no sé. Difícilmente otra muestra me resulte más atractiva que lo que ya vi. Encima, la entrada cuesta 10 pesos.
martes, 1 de julio de 2008
Reprimendas de madres a hijos en España
* Viaje en colectivo desde la ciudad hasta las sierras madrileñas:
Niña (de unos seis años): Anda, dámelo un segundo.
Madre: ¡No, porque tú pierdes todo lo que te dan!
Niña: Si te lo pierdo, te compro uno nuevo con mi paga.
Madre: No, he dicho. Y estate quietecilla, ¿eh?
* Niño de unos tres corriendo en la vereda de la avenida principal de Granada:
Madre: ¡Enrique, Enrique, ven aquí!
(El niño siguió corriendo sin hacer caso)
Madre: ¡Parece que este niño no tiene pai ni mai!
* A la salida del zoológico de Casa de Campo, en Madrid:
Niño (con cara de conpungido): Perdona...
Madre: Perdona, perdona... ¡Carlos Perdona te voy a empezar a llamar, porque es lo único que te oigo decir todo el tiempo!
Niña (de unos seis años): Anda, dámelo un segundo.
Madre: ¡No, porque tú pierdes todo lo que te dan!
Niña: Si te lo pierdo, te compro uno nuevo con mi paga.
Madre: No, he dicho. Y estate quietecilla, ¿eh?
* Niño de unos tres corriendo en la vereda de la avenida principal de Granada:
Madre: ¡Enrique, Enrique, ven aquí!
(El niño siguió corriendo sin hacer caso)
Madre: ¡Parece que este niño no tiene pai ni mai!
* A la salida del zoológico de Casa de Campo, en Madrid:
Niño (con cara de conpungido): Perdona...
Madre: Perdona, perdona... ¡Carlos Perdona te voy a empezar a llamar, porque es lo único que te oigo decir todo el tiempo!
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