sábado, 8 de mayo de 2010

Bukowski

Desde que estoy en Madrid mantuve charlas recurrentes sobre cierta degeneración cultural en la que incurren algunas poblaciones. Es que sospecho, prima facie, que Madrid transita esa etapa crítica que una vez sufrieron las ciudades argentinas; ese proceso consumista, de la plata dulce, de la modernización, que paulatinamente provoca que sus ciudadanos dejen de mirar adentro y miren más afuera, relativicen sus costumbres y modifiquen de manera inconsciente su idiosincrasia; un ciclo matizado por el vaciamiento ideológico y por el esnobismo. En hechos concretos, esto supone que la gente se guarde en su casa, dominada por la computadora en vez de disfrutar del parque; que se entregue todos los ratos libres a la frivolidad de algún programa de televisión cursi en lugar de ir, aunque sea de vez en cuando, al teatro a ver qué hacen los artistas locales, o que gaste dinero automáticamente en cada renovación de tecnología de teléfonos celulares sin importarle demasiado los beneficios que supondrá ese gasto. Qué se yo. Apenas son ejemplos de la simple impresión sobre Madrid de un forastero que lleva aquí poco más de tres meses. Pero es una percepción que crece cada día. Entiendo, igualmente, que esa fase con la que tropiezan algunas urbes a la larga o a la corta llega a su fin, y es a partir de entonces cuando la mirada vuelve a la raíz, a lo propio. Creo que esto le pasó a la Argentina después de la crisis de 2002. Madrid, claro, es una gran ciudad. Fue, como dice el escritor barcelonés Luis Carandell, capital de un imperio, capital de una nación, capital de la gloria, capital de la movida, capital europea de la cultura y hasta se la llamó la capital del mundo. Y, en consecuencia, aquí se puede encontrar de todo. Ese todo, en el Madrid actual, contiene una elevada cuota ordinariez, de extravagancia, con pocos elementos que en verdad la distinguen de otras ciudades. Sin embargo, las peculiaridades, aunque algo ocultas, de vez en cuando aparecen, y cuando uno menos las espera: no sé si es fruto de la crisis económica misma que sufre España desde hace tres años o del espíritu resistente de un grupo de rebeldes o un mero nicho que la bonanza devastadora de cultura no logró erradicar, o una mezcla de las tres cosas, el caso es que esta semana descubrí un rincón del Madrid rico, del Madrid diferente, del Madrid inteligente, si se quiere, con el que hasta ahora no me había topado. Bukowski, como el escritor norteamericano Charles Bukowski, se llama el bar del barrio Malasaña al que fui a tomar unas copas con Catalina Oquendo, mi compañera colombiana del Programa Balboa. Un sucucho angosto, un poco descuidado, pero colorido, adornado con pósters y propagandas en papel pegado a la pared de actividades artísticas y concurrido por parroquianos de estilo alternativo, pero alternativo auténtico; es decir, gente tranquila de verdad, con escasas ganas llamar la atención y con muchas de pasarla bien, el indiscutible sentido de una tertulia madrileña. En ese garito cada miércoles la gente lee poesía de un atril sostenido por unas piernas de maniquí con medias red. Después de un par de rones, con Cata escuchamos poemas y relatos de autoría comarcana y nos sorprendió no sólo el silencio absoluto de todos los contertulios, sino sus ganas -o su necesidad- de expresarse y, en particular, la belleza de los versos. Fue un hallazgo balsámico, gustoso, entre tanta invariabilidad, tanta cosa trillada. Al salir, nos contactamos con uno de los autores, Enrique Gamella Rodríguez, a quien le pedimos que nos enviara algunos de sus poemas, a lo que accedió con gentileza. Uno de ellos, Magia, escrito en junio de 2009, dice que en un rincón de la memoria duerme una caja negra, vacía y llena, y junto a ella, alguien acaricia las ilusiones que esperan dentro. También escuchamos la lectura de una carta de amor, Querida Alfonsina, escrita en enero de 2009, que con el permiso de Enrique publico ahora en El corcho, junto con un texto introductorio:

Es de noche y se anuncia tormenta. Una mujer de 46 años, hospedada en una pequeña pensión de Mar de Plata, sufre dolores terribles. La morfina ya no ayuda más. Debilitada por el dolor dicta una carta a su hijo Alejandro, de 26 años: “…suéñame, que me hace falta. Te escribo tan sólo para que veas que te quiero”.
La tormenta ha comenzado. Llegó hasta un espigón y desde allí se arrojó al mar. Por la mañana ven flotar un cuerpo en el agua. Reconocen a la poeta Alfonsina Storni.
Cinco días antes de su muerte, Storni había mandado un último poema, Voy a dormir, al periódico La Nación. Un poema en forma de suicidio.

Querida Alfonsina: te quiero.

Abrazo despacio, uno a uno, nuestros recuerdos y me voy despidiendo entre caricias de las ilusiones que juntos hemos visto crecer.
Sólo me quedó aquella estrella fugaz como tu vida, como la mía y que, sin embargo, siempre estuvo presente, como tu amor, como el mío.
Difícil para un hombre solo, despedirse de dos vidas. Es doloroso.
¿Conoces tú ahora de mi dolor, Alfonsina? El dolor de estar sin ti, sin tu mirada amante, sin tu sonrisa de vida, sin tus manos de poesía, sin tus palabras para mí. El dolor de extrañarte constantemente. A cada momento. Fíjate Alfonsina, tú me enseñaste a amar, y ahora el dolor ha conseguido que odie. Y odio con la misma pasión y con la misma fuerza que antes amé.
Amaba el viento y ahora le odio, porque fue él y no yo el que te acarició hasta el final. Amaba la luz suave de los atardeceres y ahora la odio porque fue ella y no yo la que te vio ese último momento.
Pero, sobre todo, odio el mar. Y le odio porque tú lo elegiste como amante para que te abrazara mientras morías. Te abrazo, acaricio tu pelo, estrecho tu cintura, beso tus ojos, tus labios, tus manos... Y yo no Alfonsina. Y yo no. Y le odio más porque te devolvió con la triste estupidez de aquellos que son incapaces de apreciar lo que se les ofrece. Yo jamás te hubiera devuelto. Nunca, por nada. Si yo hubiera sido el mar te habría guardado en lo más profundo de mis mares para tenerte siempre a mi lado. No sólo te habría vestido de espuma y de sal y te habría dejado mis caracolas y mis caballitos marinos. Te habría dejado jugar con las olas, reír con los delfines, cantar con las ballenas, habríamos paseado por los fondos de arena suave, al atardecer, como te gustaba… Pero nunca te habría devuelto. (En realidad, ¿sabes? Lo odio todo, menos a ti, a tu recuerdo).
Siento que hubieras salido mientras te llamaba insistentemente, desesperadamente, aquella tarde, Alfonsina. ¡Cuánto me hubiera gustado salir contigo! De hecho, yo también salgo en este momento. A tu encuentro, amor. Un beso.

Sorpresa, Madrid.

1 comentario:

Pollo dijo...

Un lugar con ese nombre no podría ser menos que eso: un tugurio donde se refugian los borrachos librepensantes, los poetas delirantes y los bolemicos malditos. Brindo por su incursión en la España profunda. Un abrazo